DESPUÉS DE 6 AÑOS EN ESTE CAMINO, HABLAR Y DESAHOGARSE IMPORTA

Otra vez.
3:20 de la mañana intentando dormir y el cerebro a mil.

Hago cuentas.
Pienso en préstamos.
Pienso en la fecha de cierre del pago de mi apartamento.
Pienso en ese cliente que me dejó en visto.
Pienso en la idea de que venir a un país extranjero me traería prosperidad.

Y pienso en las deudas.

Hace tres días eran 60 mil exactos.
Durante años habían sido 80 mil.
Y ahora son 65 mil otra vez.

En tres días se fueron 5 mil dólares más.

Los gastos no paran.
Mi vida no para.
Y mi cerebro tampoco.

No hay descanso.

Voy a ser honesta.

Lloro.

El cerebro está agotado.
Me siento completamente quemada.

Entonces, casi a las cuatro de la mañana, empiezo a orar.

“Si tú existes, Dios…
si yo te he creído…
si yo he caminado contigo…
si tú me has visto…
si existe la justicia…”

Y empiezo a comparar.

Comparo al amigo que tiene un trabajo corporativo con un sueldo fijo.
Comparo a la persona que logró sus papeles.
Comparo a los clientes que siento que hacen mucho más que yo.
Comparo a la hermana a la que le funcionó todo, incluso el matrimonio.

Comparo y comparo y comparo.

Entre lágrimas.
Llena de impotencia.

Entonces me devuelvo en el tiempo.

Y le empiezo a hacer cuentas a Dios.

Le cuento de seis años de trabajo intenso.
Le cuento de mi historia antes de llegar a este punto.
Le cuento de la emoción de la primera vez que entré a una tienda y encontré un producto.

Le cuento la historia del primer producto que vendí.

Le cuento todo…
como si Él necesitara pruebas para ayudarme.

Porque sí, al principio me fue bien.

Empecé a ver resultados muy temprano.
Me fue espectacular.

En medio del camino apareció una pandemia mundial.
Y contra todo pronóstico, eso hizo que mi tienda creciera lo suficiente para poder cambiarme de país y conservar una posición legal en tiempos migratorios bastante difíciles.

Pero no sé qué pasó después.

No sé qué pasó en los últimos dos años.

No sé si fue el cansancio.
No sé si bajé la guardia.
No sé si tres o cuatro reseñas malas después de atender a más de 250 clientes terminaron afectando la reputación de mi empresa.

No lo sé.

Lo que sí sé es que llegó un momento en que me agoté.

Cerré todos los grupos de Facebook.
Dejé de entrar con mis cuentas empresariales.
Dejé de hacer publicidad.

Seguía trabajando, sí.

Pero trabajando aislada.

Creando cosas aquí y allá.

El cansancio me venció.

Hace un año suspendieron mi cuenta de Amazon.

Jamás la recuperé.

Y eso duele más de lo que muchos imaginan.

Porque yo nací como vendedora de Amazon.

Después, en el camino, me convertí en prep center.

Llegué a tener 250 clientes activos.
Recibía devoluciones.
Tenía empleados.
Caminaba rápido.

Muy rápido.

¿Y qué pasó?

Mis clientes se quebraron.

Algunos simplemente desaparecieron.

Otros dejaron de vender.

También me encontré con personas a las que no les gustó mi trabajo y decidieron publicar mi foto en redes sociales diciendo que lo hacía mal.

Llegaron las academias “todo incluido”.

Las que te prometen todo:
el producto, el sistema, el éxito.

No te dicen que no vas a ganar.

Pero sí se llevan tu dinero.

También fui una de las damnificadas de uno de los scams más grandes y escandalosos que han pasado en este mundo en los últimos años, precisamente por una de esas academias.

¿Y entonces qué me pasó?

Lo mismo que le pasa a muchos.

Mucho trabajo.
Mucho esfuerzo.
Nadie con quien hablar.

Las deudas hasta el cuello.

Y la fe intacta.

Entonces hoy decidí hacer algo diferente.

No voy a vender nada.

No voy a pedir que vayan a mi página web.

Si lo hacen, maravilloso.
Pero ese no es el punto.

Hoy solo quiero desahogarme.

Escribir un poco.

Porque siempre me ha gustado escribir.

Hubo un tiempo en que yo decía:
“Cuando todo se estabilice…
cuando mis costos fijos estén cubiertos…
cuando los clientes dejen de ir y venir…
entonces me voy a sentar a escribir.”

Pero tal vez ese momento nunca llega.

Tal vez uno escribe cuando más lo necesita.

Y hoy lo necesito.

Porque trabajar en e-commerce puede quemar a cualquiera.

Entrar al mundo de Amazon puede quemar a cualquiera.

Y lo digo con respeto, con cariño por este negocio… pero también con honestidad.

Así que hoy simplemente decidí escribir.

Gracias a algo curioso de estos tiempos:
ya ni siquiera necesitas escribir.

Puedes hablar y la inteligencia artificial transcribe todo.

Así que aquí estoy.

Contándoles un pedazo de historia.

Porque hace mucho tiempo tenía una idea que todavía me ronda la cabeza:

crear una comunidad de primeros auxilios para emprendedores.

Un lugar para los que nacimos con la venita de hacer empresa.

O para los que terminamos haciendo empresa porque las circunstancias nos llevaron ahí.

Un lugar donde uno pueda hablar.

Porque el emprendedor muchas veces no tiene con quién hacerlo.

No puedes desahogarte con tus empleados.

Si te ven frágil, empiezan silenciosamente a buscar trabajo en otro lugar.

No puedes desahogarte con los clientes.

Si te ven débil, inmediatamente empiezan a pedir rebajas.

No puedes desahogarte con la familia.

Porque te dicen que busques un trabajo.

Entonces muchas veces el único con quien uno termina hablando es con Dios.

Por eso pensaba hace tiempo:

qué bueno sería tener un lugar donde uno pudiera hablar 20 minutos con alguien que no te diera consejos, que no te juzgara, que no intentara venderte nada.

Solo escuchar.

Escuchar lo agobiante que puede ser hacer empresa.

Ese es mi post de hoy.

Nada más.

Si quieres, levanta una mano.
Pon un like.
Cuenta tu experiencia.

Porque yo sigo aquí.

Soy un prep center en Delaware.

Hablamos español.

Preparamos lo que necesites.
Recuperamos mercancía.
Reparamos productos.

Hemos puesto a disposición las cuentas que nos quedan:

Walmart.
eBay.
Etsy.
Max Retail.

Hemos hecho todo.

Absolutamente todo.

Lo único que no hemos aprendido a hacer es vender mentiras.

Nunca hemos alquilado un yate en Florida para decir que ese yate es nuestro gracias a las ventas.

Nunca hemos aprendido a pararnos frente a la cámara a prometer riqueza.

Tal vez hemos sido demasiado humanos.

Y tal vez, quién sabe, ser humanos a veces resta.

Pero hoy decidí simplemente escribir.

Porque escribir me gusta.

Porque escribir me desahoga.

Y porque tal vez allá afuera hay alguien que también necesita decir:

“a mí también me está pasando.”

Eso es todo.